Historia II

MOLINOS DE MAREA DE LA ALTA EDAD MEDIA EN CANTABRIA (SIGLOS IX-XII)


Luis MARTÍNEZ LORENZO Historiador sepantodos@yahoo.es


RESUMEN

El análisis de un documento de la catedral de Oviedo fechable entre los siglos IX y XII ha deparado la localización de un molino de marea en Cantabria, desconocido hasta ahora en la historiografía molinera. En esta comunicación se localiza esta nueva instalación mareal y se explica su contexto geográfico y documental, contribuyendo a ampliar el elenco de referencias medievales sobre molinos de marea. Al mismo tiempo se revisan otras noticias concernientes a hipotéticos molinos mareales cántabros datados en ese lapso temporal, discutiendo su pertinencia.

Palabras clave: molinos de marea, alta Edad Media, Cantabria.

Restos de un molino en el lugar donde pudo estar el molino medieval





1. INTRODUCCIÓN

Gracias a la arqueología, la fecha más antigua para un molino de marea en el mundo se ha adelantado en los últimos años hasta el primer cuarto del siglo VII, para un ejemplar localizado en Irlanda del Norte (McERLEAN & CROTHERS, 2007). En ausencia de datos de esa índole, las informaciones cronológicas relativas a estos ingenios provienen esencialmente de la documentación escrita, casi siempre a través de instrumentos jurídicos en los que los molinos suelen aparecer acompañados de otros bienes objeto de transacción, o figurar como términos en el deslinde de propiedades o jurisdicciones territoriales. El principal problema de las fuentes de este tipo es su exasperante laconismo, interesadas como están en la legitimidad de los negocios más que en la descripción pormenorizada de los bienes que constituyen su objeto y del espacio geográfico que los alberga.

El análisis de un documento medieval de la catedral de Oviedo nos ha llevado a identificar un molino de marea en Cantabria en el siglo IX, asunto que constituye el primer objetivo de esta comunicación, aunque quizás haya que retrasar esa fecha en alguna medida, según plantearemos oportunamente. Esta noticia se incrusta en un ambiente altomedieval cántabro para el que se ha propuesto la existencia de otros molinos mareales, del siglo XI. La revisión de estas noticias constituye el segundo objetivo de esta aportación. Cantabria es una región rica en espacios intermareales, circunstancia a la que se une su emplazamiento estratégico como salida al mar Cantábrico desde la Meseta y la cuenca del Ebro e, inversamente, como punto de entrada de mercancías al interior del país a través de sus puertos y embarcaderos, en torno a los cuales actuaban los molinos de marea. Factores que contribuyeron a la asombrosa proliferación de molinos de marea en la región a lo largo de los siglos.

Cantabria brinda hasta el momento los testimonios más antiguos de molinos de marea en la Península Ibérica. Sin embargo, aun dando por buena la datación en el año 857 del molino de Vivero (Santa Cruz de Bezana) sobre el que pronto nos extenderemos, investigaciones arqueológicas llevadas a cabo en los últimos años han sacado a la luz cuatro artefactos de ese tipo en Irlanda e Inglaterra que la superan ampliamente, con fechas de los años 619 y 789 para molinos sucesivos de Nendrum (Down, Irlanda del Norte); de 630 para el molino de Little Island (Cork, Irlanda del sur); y del lapso entre 684 y 720 para el molino de Ebbsfleet (Kent,
Abadía de Nendrum en Irlanda del Norte.

Inglaterra). Posterior a dos fechas cántabras es la de un documento inglés que alude a “un molino de estuario” en el año 949 (McERLEAN & CROTHERS, 2007, 11 y 21). Todas estas referencias, siete en total incluyendo las cántabras, desbancan a las que habitualmente se venían aduciendo como ejemplos más tempranos de molinos de marea, localizados en Basora (Irak, golfo Pérsico), en el siglo X; Venecia (Italia, mar Adriático) en 1044 y 1078; y Dover (Inglaterra, océano Atlántico) en 1086 (BAS, 1991, 256-258). Más aún, no podemos dejar de apuntar que recientemente se ha propuesto la existencia de un molino de marea en el Londres romano del siglo I de nuestra Era, en lo que a la sazón era un amplio estuario (SPAIN, 2005).

De estos datos se extraen tres consecuencias: 1) no se puede seguir desconfiando de las citas documentales de molinos de marea sólo en razón de su antigüedad, si hay otros elementos que prudentemente aconsejan clasificarlos como tales. 2) El descubrimiento del agua como fuerza motriz para el accionamiento de molinos harineros conducirá a franquear todas las opciones de uso del movimiento de este elemento natural con fines industriales, con anterioridad a la Edad Media, sin dejar de lado la corriente provocada por la carrera de las mareas. Y 3) dado que la documentación de carácter notarial más antigua que se conserva en la Península Ibérica no supera el siglo VIII, parece que en el futuro será principalmente la arqueología la que haya de cargar con la responsabilidad de arrojar fechas para artefactos mareales que superen en antigüedad a las referencias de la diplomática. También tendrá encomendada la tarea de corroborar o desmentir tanto la cronología como el carácter mareal de algunos artefactos conocidos hasta entonces sólo a través de documentos escritos.


2. UN MOLINO DE MAREA EN VIVERO (SANTA CRUZ DE BEZANA)

En el año 857 el monarca asturiano Ordoño I y su mujer , la reina Mumadonna, realizan una generosa donación de propiedades a la iglesia de San Salvador de Oviedo, entre las que se encuentran numerosos bienes situados en las Asturias de Santillana, territorio que abarcaba el sector occidental de la actual provincia cántabra, entre el río Deva, por el Oeste, y el Miera, por el Este. Siguiendo el orden del discurso narrativo, la sede episcopal ovetense recibe, dentro del denominado territorio de Camargo, las iglesias de Santa María de Souelias (actual Solía), la de la misma advocación en Morietas (Muriedas), la de San Feliz de Cella en Cazezeto (Cacicedo) y, antes de mencionar la de

San Román de Coruan (Corbán), interpone “en la villa de Vivero damos la iglesia de San Salvador”, dotada con numerosos bienes enumerados en una relación formularia que finaliza con la mención específica de “los establecimientos de molinos y la pesquería íntegra en la olga del mar” (Et in uilla de Uiuero damus ęcclesiam Sanctj Saluatoris cum… rozas, felgarias, prata, pascua, montes, fontes, aquas aquarum cum eductibus arum, sedilia molinaria et piscatjonem integram in illa olga de mari ) (VALDÉS, 2000, 485-486). Del tenor documental, a lo largo del cual se repiten expresiones similares (sedilia molinaria et piscatjones in predictis fluminibus ; sedilia molinaria siue et piscaria in fluminibus et in mari), deducimos que el último sintagma va junto, correspondiendo la ubicación intermareal en la cita de Vivero a sus dos elementos conjuntamente, molinos y pesquera.

A esa condición intermareal alude el término “olga”, que se refiere a un espacio susceptible de encharcarse o que lo hace con regularidad. Este último matiz lo encontramos tal cual en las marismas que flanquean la villa asturiana de Navia por el Norte, terreno conocido por el topónimo de Olga , cuya superficie inundan las mareas que penetran por la ría. Evolucionado a „huelga‟ reaparece en Las Huelgas de la margen derecha de la ría de Avilés, desecadas durante el siglo XX para la instalación de infraestructuras industriales. Lo mismo cabe apuntar para ciertos topónimos del tipo

„Buelga‟ o similares, cuando nombran espacios litorales de condición intermareal . De manera que en la cita que nos ocupa también “olga” viene a equivaler a brazo o canal de mar, un espacio que el agua marina inunda periódicamente por efecto de las mareas.
En cuanto a la ubicación de esta canal u “olga”, y con ella la de la instalación molinera y la pesquería, asociación tan natural y frecuente, la nómina de topónimos que las acompañan nos sitúa al oeste de la Bahía de Santander, dentro de un área capitalizada por Camargo. Los lugares se enumeran en una sucesión ordenada de Sur a Norte-Noreste que procede: Solía, Muriedas, Cacicedo, Vivero y Corbán. Luego ese Vivero ha de identificarse con la localidad actual de Soto de la Marina, en el municipio de Santa Cruz de Bezana, al noroeste de la ciudad de Santander, donde aún hoy pervive la parroquia de San Salvador de Vivero, que mantiene la vieja advocación y el topónimo registrados en el diploma de Ordoño I. Así pues, aquella “olga de mar” no ha de ser otra que La Canal, la estrecha lengua de mar al pie de la sede de esa feligresía, hacia el norte, que da nombre a la localidad de San Juan de La Canal.

Pasamos ahora a examinar los problemas de esta referencia. El diploma que la contiene es una copia incluida en el conocido como Libro de los Testamentos de la catedral de Oviedo. Este tumbo se redactó durante el episcopado de Don Pelayo (1101-1130) y bajo su dirección, con fecha terminal de 1118, año en el que está datada la carta más reciente. En sus folios se reprodujo una colección de documentos que certificaban o pretendían la propiedad episcopal ovetense sobre diversos bi enes situados dentro y fuera de los términos de la región asturiana actual. Se han detectado abundantes y a veces extensas manipulaciones de la documentación original al ser vertida al cartulario del siglo XII, que podrían afectar a determinadas datas y, sobre todo, consistir en interpolaciones, ya simplemente formularias, ya concernientes a bienes que la iglesia de Oviedo se apropiaba o que había recibido con posterioridad a la fecha pretendida. Pero es difícil distinguir este propósito usurpador o acaso de búsqueda de mayor abolengo de ciertas posesiones, respecto de la intención menos espuria de homogeneizar en cuanto a la lengua y la estructura formal el corpus patrimonial de la iglesia de San Salvador de Oviedo , que abarcaba más de tres siglos (el primer documento, con otra copia fiel del propio siglo IX felizmente conservada, es del año 812). Estas circunstancias obligan a considerar separadamente la veracidad o falsedad del propio document o y la de los bienes que constituyen su objeto.

La conclusión de que el diploma es falso según aparece trasladado al Libro de los Testamentos es unánime. Para empezar, la fecha que se le asigna en el códice es del año 817, anterior al reinado de Ordoño I, por lo que se admite generalmente su retraso a 857, haciéndola coincidir con otra donación del citado monarca a la misma iglesia ovetense. De hecho, a FLORIANO (1949, 286-290) le parecía evidente la existencia de una carta original de los reyes Ordoño y Mumadonna que contenía una donación que en el siglo XII se habría desdoblado en dos documentos, interpolados durante la maniobra. FERNÁNDEZ CONDE (1971, 151-153 y 343-346) llega aproximadamente al mismo resultado en su análisis del diploma, vinculando la falsificación a la disputa entre las diócesis de Oviedo y Burgos sobre las Asturias de Santillana a lo largo del siglo XII.

El examen del documento que lleva a cabo VALDÉS (2000, 92 -96 Y 64-68) desde una perspectiva filológica determina que su tenor no se ajusta a la estructura común mayoritaria a la que se ciñen “totalmente” o “en gran medida” las copias consideradas más manipuladas del Libro de los Testamentos. Por el contrario, detecta en él rasgos lingüísticos que le llevan a juzgarlos pervivencias de la redacción original, lo mismo que ocurre con la donación de propiedades determinadas efectuada en ese diploma, entre las que entendemos que se encuentra, no ya la iglesia de Vivero, sino más concretamente la “olga” de mar con sus instalaciones pesqueras y molineras. Ahora bien, a juicio del autor citado, la copia del documento inserto en el cartulario no refleja un latín característico del siglo IX, “pero tampoco coincide unánimemente con las constantes que veremos en el códice”. De lo cual se deriva que el momento de la redacción del documento original ha
de quedar flotando a la deriva en ese margen que va de l año 857 al de 1118, que acaso haya de estrecharse por ambos extremos.

Que la propiedad de la iglesia de Vivero con su canal marina se hallaba incluida en el documento primigenio y no consiste en una innovació n del siglo XII, parece indicarlo la palabra “olga”, vocablo que sólo aparece en esta ocasión en el Libro de los Testamentos y que no se prodiga en la documentación notarial de la Edad Media. El recuento de las ocurrencias del término en la diplomática ast urleonesa entre los siglos VIII y XIII (ÁLVAREZ MAURÍN, 1994, 209-210) sitúa una en el siglo IX; otra en la transición del IX al X; 15 en este último; 4 en el XI; ninguna en el XII; y dos en el XIII, aunque ya con valor toponímico en vez del apelativo que la caracterizaba anteriormente, incluyendo en la referencia de Vivero. Luego, de acuerdo con estos datos, el uso diplomático de “olga” u “orga” como nombre común aparece en el siglo IX, abunda en el X y se extingue a lo largo del XI. Lo cual invita a estrechar aquél lapso temporal que se extiende entre 857 y
1118 acercándolo al siglo X, sin que desentone en el IX.

Finalmente en relación con este documento, se insertan en él 20 fórmulas descriptoras o relaciones de bienes adscritos a las diferentes iglesias donadas (VALDÉS, 2000, 483-490). El recurso a este elemento característico de la diplomática medieval es mucho más flexible de lo que en principio pudiera parecer, pues se adaptan circunstancialmente en función del lugar donado, lo que tomamos por indicio de correspondencia con la realidad, al margen de que ésta sea la del documento original o constituya una interpolación del siglo XII acorde con las pertenencias de cada templo en ese momento. Tan sólo en tres de estas 20 relaciones de
bienes se registra la mención genérica a “establecimientos de molinos y pesqueras en los ríos y en el mar” (sedilia molinaria siue et piscaria in fluminibus et in mari), sin contar la cita concreta de la “olga” de Vivero. Al menos en dos de estos casos el lugar al que se refiere la fórmula se localiza efectivamente cerca del mar: Liencres (Lencres) y Rubayo (Ripaio), lo que intensifica nuestra convicción de que las relaciones se ajustan a la realidad existente, al menos en el siglo XII. En el caso restante la fórmula se aplica a la iglesia de San Martín de Erfus, que se suele identificar con Irús, Burgos, lo que nos ofrece serias dudas dado el contexto exclusivamente cántabro del documento. Sea como fuere, la incorporación de estas expresiones en las fórmulas descriptoras abre la posibilidad de la existencia de molinos de marea al menos en Liencres y Rubayo a la altura del siglo XII, aunque su vaguedad impide hacer más precisiones al respecto.

Molinos de marea de la alta Edad Media en Cantabria


3. MOLINOS DE MAREA ALTOMEDIEVALES EN CANTABRIA: UNA REVISIÓN

Además del molino de Vivero y de las vagas referencias del documento que lo recoge a hipotéticos artefactos mareales en torno a Liencres y Rubayo, ÁLVAREZ LLOPIS (1989, 413-416 y 423) alude a otros ingenios de marea medievales en Cantabria, situando su aparición en el siglo XI. Combinando sus lacónicas e imprecisas alusiones con la información del mapa mudo en el que los plasma, se infiere que para esta autora existieron cuatro molinos de marea entre los siglos XI y XIII, ubicados: 1) en Toñanes, 2) en el tramo final del río Aguanaz (Ribamontán al Monte), 3) en Meruelo, y 4) en Escalante, siendo este último, no sólo el más antiguo de todos, documentado en 1047, sino además el único cuya referencia hace explícita. Seguidamente pasaremos a revisar estas noticias, añadiendo otras dos sobre molinos de Noja y Argoños, que en el primer caso consideramos de marea y en el segundo no, aunque la presencia histórica de molinos mareales en sus inmediaciones aconseje su examen. Procedemos de Oeste a Este, dejando el artefacto de Escalante para el último lugar.

3.1. Toñanes

En Toñanes (Alfoz de Lloredo), simplemente no hay opciones geográficas para la instalación de molinos de marea, pues su línea costera es acantilada y carece de espacios intermareales. El río que pasa por la localidad desemboca en el mar mediante un salto en un paraje abrupto. En este lugar, a 10 metros sobre el nivel del mar, se encuentran las ruinas del molino fluvial de El Bolao, con fecha de 1867 sobre el dintel. Por debajo de él, salvando un desnivel de unos 5 metros, se descubren otras ruinas de apariencia más antigua que podrían haber correspondido a un segundo molino, también alimentado por el agua del río de La Presa, que se precipita hacia el mar en cascada, a salvo de las mareas. Intuimos que es a cualquiera de ambos a los que se refiere ÁLVAREZ LLOPIS (1989, 423) cuando afirma que “el molino de Toñanes está prácticamente en la costa”, aunque no cite su fuente. La única referencia documental que hemos localizado para un molino medieval en esa localidad, del año 1128, alude al citado como illo molino de rio que dicunt Pellar, es decir, “el molino del río al que dicen Pellar” (JUSUÉ, 1912, 85), que ha de ser el actual río de La Presa. Consecuentemente, descartamos la noticia de Álvarez Llopis relativa a un molino de marea en el lugar.
Molino de "Bolao" al que hace referencia el autor. foto L.A.

3.2. Río Aguanaz

Sin mencionarlo en ningún momento en el texto de su trabajo, ÁLVAREZ LLOPIS (1989, 415) representa sobre un mapa mudo el símbolo correspondiente a un molino de marea en un lugar que, pese a las dificultades de la escala y la ausencia de información hidronímica y toponímica, hay que situar en la margen derecha del tramo terminal del río Aguanaz. En la desembocadura de este curso fluvial en el Miera, en términos del municipio de Ribamontán al Monte y coincidiendo con la posición reseñada, existe un molino hoy inactivo que trabajaba con agua del río Aguanaz. El punto límite del alcance de las mareas vivas queda a un kilómetro aguas abajo de este molino y aún presumiendo un mayor alcance en época medieval, en ningún caso podría haber llegado a colmar la balsa de un ingenio instalado en ese lugar para trabajar con agua de las mareas, siquiera de manera subsidiaria. Cualquier otra opción aguas arriba por el curso del Aguanaz es simplemente inaceptable a causa de la altitud del terreno. Dada la escueta y meramente simbólica información aportada por la autora citada, ignoramos si el hipotético molino de marea era un antecedente del que acabamos de reseñar, pero no hay más posibilidades. Al margen de las circunstancias geográficas señaladas, no hemos encontrado referencia documental alguna relativa a molinos de marea medievales a orillas del río Aguanaz, ni aun del Miera, entre las fuentes utilizadas por aquella autora.

3.3. Meruelo
Las noticias que ofrece ÁLVAREZ LLOPIS (1989, 415 y 423) sobre el supuesto molino de
marea de Meruelo no son menos confusas. Para empezar, sobre el mapa no lo sitúa en ese lugar, sino en lo que hoy es término municipal de Arnuero, en la margen derecha del río Campiazo, donde en efecto se conoce la existencia de molinos de marea al menos desde el siglo XVI (AZURMENDI y GÓMEZ, 2005, 126-127). Justo en el límite de los municipios de Arnuero, por el Norte, Meruelo, por el Sur y Barayo, por el Oeste, se encuentra el molino de La Venera, edificado a mediados del siglo XVIII, que aprovecha tanto las aguas dulces que descienden por el río Campiazo, como las salobres que ascienden por la ría desde el mar (IBÍDEM). Dada la altitud del terreno, la posibilidad de aprovechar de manera similar aguas dulces y salobres se extiende durante alguna distancia aguas arriba de ese punto, correspondiendo ya a Meruelo la jurisdicción administrativa, primero sobre la margen derecha del río y después sobre el todo el cauce y ambas riberas. Por lo cual es en este tramo de aproximadamente un kilómetro por el cauce del río, el único lugar donde podría haber existido un molino en términos de Meruelo que alcanzase a aprovechar el agua de las mareas, pero sólo de manera subsidiaria respecto a la del río.

En su alusión expresa al supuesto molino de marea medieval de Meruelo, Álvarez Llopis dice que “el molino de Meruelo, sobre el río Campiazo, se encuentra en una pequeña ría a unos cuatro kilómetros del mar”. Esa distancia se nos queda corta para alcanzar el término municipal de Meruelo desde la boca de la ría y en línea recta. Por otra parte, nosotros no hemos localizado referencia alguna a molinos medievales de cualquier tipo a orillas del Campiazo o de su ría. Lo que más se le acerca es la cesión de ciertas heredades a la iglesia de San Pedro de Carzia, en 1091 y posteriormente en 1123 (ABAD, 1985, 322 y 331), localizadas “en la villa de Meruelo y en Molinar”, apareciendo este último lugar transcrito indistintamente como Mulinare, Mulnar o Mulnare. El término se cita en calidad de topónimo y de hecho, para las tres donaciones diferenciadas de bienes en el lugar, según se recogen en ambos documentos, se incluyen fórmulas descriptoras o relaciones de bienes que en ningún caso incluyen molinos. A modo de sugerencia, hay un topónimo que encontramos bajo las formas Munar y Monar, en una zona de pie de sierra inmediata al norte de la localidad de San Miguel de Meruelo, que acaso pudiera corresponderse con aquél “Molinar”. Con estos datos no podemos corroborar la existencia de un molino de marea en Meruelo en tiempos medievales, si es que efectivamente lo hubo, cosa que dudamos.

3.4. Noja

Curiosamente, en el cartulario de Puerto descubrimos la noticia más convincente relativa a un molino de marea de la alta Edad Media en Cantabria, junto con la de Vivero, sin que Álvarez Llopis la tuviera en consideración, pues ni menciona el molino ni lo sitúa sobre el mapa. La contiene un diploma del año 927 por el que se deslindan pro indiviso los términos de las iglesias de Santa Cecilia de Garfilios, Santa Eulalia de Penero, San Esteban de Las Cropias y San Cipriano, en los alrededores de Noja, según los había concedido el rey García al monasterio de Santa María de Puerto (ABAD, 1985, 285): “por término de la canal, con su serna de Arca de riego a riego y hasta el molino del Roidorio y hasta la fuente perenne de
Tarancones…” (Termino illa canal cum sua serna de arcam de riego ad riego, et ad illo molino del Roidorio et ad illa fonte perenal de Tarancones…). No podemos extendernos aquí con el detalle del resto del deslinde, que sigue por hitos a veces reconocibles y otras no, de los que se deduce una sucesión ordenada que, arrancando de la mencionada canal, que no es otra que la lengua por la que el mar penetra en la marisma de Victoria, sigue en dirección Suroeste hasta aproximadamente San Juan de Mulnedo, cerca de Castillo, donde dobla hacia el Este, creemos que hasta el lugar de La Lastra, en el término municipal de Escalante, para girar luego al Norte, ascender al monte Mijedo y descender por el Norte hacia el mar, hasta llegar a Helgueras, a orillas de la canal que servía de primera referencia, cerrando así el circuito. Para lo que nos interesa bastará el fragmento transcrito. El deslinde comienza en aquella canal, prosigue por la orilla derecha de las marismas de Victoria, en cuyo extremo suroriental pervive un topónimo La Serna, que identificamos con la “serna de Arca” del deslinde, y desde allí continúa hasta un molino llamado del Roidorio, que situamos en el centro del sector meridional de las marismas, junto al camino antiguo que viene de Noja y, atravesándolas, se dirige hacia Argoños. Desde ese punto el trazado baja a una fuente localizada en Tarancones, topónimo situado al Suroeste del molino.
Molino Victoria

Que en el lugar en el que situamos el molino del Roidorio efectivamente existió un molino lo sabemos gracias a una referencia que recogen AZURMENDI y GÓMEZ (2005, 137), donde señalan que las primeras noticias del molino de marea de Victoria, situado en la margen derecha del sector central de la marisma, proceden de un pleito de 1631 por el que doña Maria Fernández de Isla se oponía a su construcción porque perjudicaba a otro cercano, de su propiedad. Alegaba “que por la dicha ría, después que havía memoria hasta agora, havían subido y subían barcos cargados hasta la puente de Garvixos, que estaba pegada junto a el dicho molino de Garvixos, y si se hacía el que se pretendía por el dicho lugar cessava la dicha navegación hasta el dicho puesto”. Ese puente de Garbijos se encuentra en el punto en el que hemos situado el molino del Roidorio, esto es, bajo el camino de Noja a Argoños por el Sur de las marismas de Victoria. Consecuentemente a su lado se ubicaba el molino que en 1631 se cita con el mismo nombre. La trayectoria del deslinde del año 927 deja clara la coincidencia del molino del Roidorio con este de Garbijos. Además, el último nombre no es más que una versión del de Garfilios con el que se identificaba la primera de las iglesias beneficiarias del deslinde. Por ello sostenemos que se trata del mismo ingenio bajo nombres distintos, según se atienda o no a la circunstancia histórica de su antigua vinculación con la iglesia referida.

Queda por establecer si el molino se levantaba al Norte o al Sur del camino, es decir, hacia el mar o hacia el interior. La noticia que lo sitúa junto al puente, en un punto terminal del tráfico naviero, sugiere la primera posibilidad, pues de otro modo su mención es redundante, bastando la mención del puente para describir el punto de destino de las embarcaciones.

Además, era habitual que los muros de los molinos de marea se utilizaran como muelles de atraque para la carga y descarga de las embarcaciones (AZURMENDI Y GÓMEZ, 2005, 139). Pero aun en el caso de que el molino se hubiera erigido al sur del camino, hacia el interior, su ubicación continúa siendo plenamente intermareal, más aún antes de que la carretera construida en la bocana a mediados del siglo XX cerrase la marisma, favoreciendo su desecación. El hecho de que bajo el puente de Garbijos se cuelen dos regatos en dirección a la marisma no indicaría una condición fluvial del molino, si estuviera situado al sur del camino, sino que sería un ejemplo más de los molinos de marea instalados en brazos de rías que reciben una pequeña aportación de agua dulce de la escorrentía natural del terreno, que busca para desaguar los espacios situados a cotas más bajas. Además, una amplia porción de terreno en torno al puente se sitúa, aún hoy, por debajo de la curva que señala los cinco metros sobre el nivel del mar, convirtiéndola en área inundable. Y de hecho una visita sobre el terreno y el testimonio de los vecinos confirma, no sólo que a ambos lados del puente hay agua estancada de manera permanente, sino además que ésta se eleva o desciende en su nivel, pero no fluye, lo que resta validez a una hipótesis fluvial que, además, es inviable debido a la notable llanura del terreno.

Cabe anotar que ÁLVAREZ LLOPIS (1989, 423) habla de “un documento de Santa María de Puerto en el que se dice que el molino está establecido in illa canale de illo mare”, certificando así su condición mareal. Pero por más que hemos repasado el cartulario de ese monasterio, no hemos encontrado tal frase más que aplicada en la delimitación de un felgario, es decir, un helechal, en la que no se cita ningún molino, en 1123. Es cierto que la edición del códice que nosotros consultamos, de Abad Barrasus, es distinta de la que ella cita en la bibliografía de su trabajo, de Serrano y Sanz. Sin embargo, ABAD (1985, 281) asegura que la suya es una reproducción fiel de la publicada por Serrano. Y apuntamos estos datos porque no deja de ser llamativo el hecho de que el citado felgario, en ese diploma del año 1123 (IBÍDEM, 336), sea objeto de venta a un monje de Garfilios (Petro, frater de Garvilios) y se encuentre en el mismo ámbito de las marismas de Victoria y en la cercanía del puente de Garbijos, según se desprende de los términos que lo delimitan.

3.5. Argoños

Trazando el despliegue del molino hidráulico en Cantabria durante la Edad Media,

ÁLVAREZ LLOPIS (1989, 413) indica que en el siglo XI encuentra una vía de penetración “desde el Pas hacia Argoños y Escalante, donde se localizan los primeros molinos de marea”. Aunque la autora sólo explicita la referencia de Escalante y sólo allí sitúa un molino de marea en el mapa destinado a acogerlos, la mención de Argoños ha confundido a algún investigador posterior que se hace eco del dato, dando por buena la existencia de molinos de marea “en el siglo XI y en las villas de Argoños y Escalante” (PALACIO, 2005, 155). Y desde luego el desliz está justificado, tanto por la ambigüedad de la expresión de Álvarez Llopis, como por la presencia histórica de al menos cuatro molinos de marea en el barrio de Ancillo de esa localidad de Argoños (AZURMENDI y GÓMEZ, 2005, 138-141).

Sin embargo, los dos molinos (o acaso el mismo), ubicados en Argoños según documentos del cartulario de Puerto datados en 1113 y 1133 (ABAD, 1985, 326 y 332), parecen alejados de las marismas. El primer diploma, que incluye en su relación de bienes “establecimientos de molinos” (sedicas molinarum), confina con el monte Mijedo (usque in illo monte de Mecxedo), al que por tanto está arrimado, sin que se aluda a canales marinas ni a elemento alguno que sugiera un carácter mareal (aunque tampoco fluvial). Mediante el segundo documento se dona una heredad que de nuevo incorpora “establecimientos de molinos” (sedicam molinarum) entre los elementos de su fórmula descriptora, “en la villa de Argoños, junto al lugar denominado San Salvador” (in uilla de Argonios in locum nominatum ad Sancti Saluatoris), que no ha de ser otro que el emplazamiento donde permanece hoy la iglesia con advocación de San Salvador, nuevamente arrimada al pie del monte Mijedo, situación que mantiene a las instalaciones molineras a distancia de las marismas y de las mareas, habiendo de quedar en suspenso el momento fundacional de las instalaciones mareales conocidas para tiempos posteriores.

3.6. Escalante

Algo similar es lo que, a nuestro juicio, sucede en Escalante. En las inmediaciones de esta localidad, emplazada al borde de una marisma, funcionaron al menos tres molinos de marea, el más antiguo de los cuales ha sido restaurado en los últimos tiempos (AZURMENDI Y GÓMEZ, 2005, 142-143). En el año de 1047, al enumerar los términos fronterizos del territorio adscrito al monasterio de Santa Cruz de Escalante (ABAD, 1985, 290), se incluía un molino que ha venido gozando de amplio consenso para considerarlo como el molino de marea más antiguo de Cantabria, cuando menos, aunque la propuesta haya tenido sus críticos (BAS, 1991, 261).

El éxito historiográfico de este ingenio, en tanto que interpretado como artefacto mareal, se debe a que en 1047 se lo cita como molino Marini, acompañado de esa palabra que se ha interpretado como adjetivo que explicita la condición marítima del artilugio, cuando el laconismo habitual de las fuentes diplomáticas aboca por lo general en la deducción de la índole mareal de los molinos a partir de las raras alusiones a su situación (in illa olga de mari) o, en su defecto, mediante el análisis de su contexto geográfico, cuando esto es posible. La coincidencia en un mismo entorno de molinos de marea de momentos históricos diferentes, caso de Escalante, puede servir de estímulo a la investigación, pero de esa circunstancia no debe derivarse necesaria y acríticamente la identidad entre los vestigios conservados y los ingenios citados en las cartas de los códices medievales, en ausencia de otros datos que así lo aconsejen razonablemente. En el caso del molino Marini hemos de decir que, pese a su amplia aceptación y conforme a los argumentos que pasamos a exponer, ni lingüística ni geográficamente puede proponerse su identidad, no ya con el molino de La Cerroja, según advirtieron AZURMENDI y GÓMEZ (2005, 143), sino con ningún otro molino de marea.

No puede caber duda de que la frase per termino de molino Marini del documento de 1047 no debe traducirse como “por término del molino marino”, sino como “por término del molino de Marino”, por la razón gramaticalmente implacable de que, si la última palabra fuera un adjetivo, debería figurar en ablativo, en concordancia con el sustantivo „molino‟ y con la preposición de ablativo „de‟ que lo rigen, habiendo de dar como resultado per termino de molino marino. Sin embargo la palabra aparece en genitivo, Marini, indicando una relación de pertenencia o, en otras palabras, señalando al propietario o posesor del artefacto. Como antropónimo, Marinus es un nombre que, sin prodigarse, y en menor medida que su versión femenina, aparece en algunos documentos de la época, en Asturias, Cantabria, Liébana, León y Burgos, confirmando la validez de nuestra lectura. Sin ánimo de ser exhaustivos y a mero título de ejemplo, FLORIANO (1949, 409) cita un Marinus en el año 790, que figura como testigo en el pacto monástico de Aguas Cálidas, en la Liébana, así como una Marina que también actúa como testigo, precisamente en la devolución que hace Rebelio de ciertos bienes que había usurpado a la iglesia de Santa María de Puerto, en 863 . GARCÍA LARRAGUETA (1962, 587-588) registra un Marino en una de las nóminas de siervos al servicio de la iglesia de San Salvador de Oviedo, en el área asturiana del Cabo de Peñas, en un documento sin data del Libro de los Testamentos, cuya fecha terminal es de 1118. En su transcripción del mismo tumbo ovetense VALDÉS (2000, 671) apunta otro siervo catedralicio de nombre Marinu[s] en la misma zona geográfica y litoral del centro de Asturias. En la documentación del monasterio leonés de Sahagún, el antropónimo Marinus, Marinu o Marino, se constata en diplomas de los años 949, 950, 951, 1002 y 1095, además de las nueve menciones del obispo de Burgos que a finales del siglo XII ostentaba ese nombre (FERNÁNDEZ CATÓN, 1999, 23). El mismo prelado firma otros tres documentos del cartulario de santo Toribio de Liébana, en el que además se cita al Marinus del pacto monástico de Aguas Cálidas de 790, así como a un escriba con el mismo nombre en 927 (SÁNCHEZ BELDA, 1948, 4, 44, 136, 138 y 145).

Sentada la cuestión lingüística y descartada esa vía como certificación de la índole mareal del molino Marini de Escalante, nos quedamos con un simple molino de tipo y ubicación indeterminados, cuya condición mareal sólo podrá ser determinada, en su caso, mediante el análisis de su entorno geográfico, que acometemos seguidamente. El diploma de 1047 en el que se cita el molino tiene por objeto la recuperación de los cenobios de Santa Cruz, Santa Gadea y San Andrés de Escalante de manos de ciertos infanzones, quienes los habían usurpado al monasterio de Santa María de Puerto, establecido en Santoña, al que pertenecían desde el año 927 (ABAD, 1985, 289-291). Para ello se procede al deslinde de los términos adscritos a aquellos tres centros monásticos, lo que se hace en dos partes, delimitando en primer lugar las pertenencias del de Santa Cruz, y en segundo lugar, de manera conjunta, las de los cenobios de Santa Gadea y San Andrés. Es preciso advertir de que aunque Puerto poseyera los territorios deslindados desde el año 927, las referencias que sirven como hitos territoriales, entre ellas el molino de Marino, no tienen por qué considerarse originales y por tanto permanentes a lo largo de un lapso de 120 años, sobre todo cuando, además del caso del molino, se relacionan otros términos cuyos nombres se forman con la ayuda de antropónimos, como el de la serna de Citi Feles o el término de domno Rebeggo, susceptibles de caducar como referentes cuando lo hace la condición posesoria, por defunción o por otras causas.

Los hitos de estos deslindes están constituidos en su mayoría por topónimos menores y a veces efímeros (por ejemplo los construidos sobre el nombre de posesores), lo que dificulta en gran medida su identificación en la actualidad. Pero el examen cartográfico que hemos llevado a cabo permite realizar un acercamiento, que nos lleva a descubrir que el molino de Marino no se hallaba en la marisma y, consecuentemente, no era de tipo mareal, sino de río, probablemente alimentado con las aguas del arroyo Pozeirún, que desagua en la marisma después de haber flanqueado la villa de Escalante.

El fragmento concerniente al molino dice así: “Estos son los términos pertenecientes a la regla de Santa Cruz, esto es: desde fuente Salvandi hasta Toquiellos y una serna que está en el territorio, por término del molino de Marino hasta el extremo de la canal de Juecos” (Histos sunt terminos adpertinentes de regula Sancta Cruce, id est de Fuente Saluandi usque ad Tokiellos, et una serna qui est in territorio per termino de molino Marini, usque ad sommo de illa kanale de Foiokos). El único de estos términos que hemos podido reconocer sobre el mapa es el de la canal de Juecos, cuya evolución lingüística desde el Foiokos del siglo XI no ofrece dudas. Pero ha de observarse que lo que se menciona en el diploma es el extremo o cabecera de esa canal, lugar en el que, ciertamente, no sólo se halla fundada la villa de Escalante, sino también el molino de La Cerroja, la más antigua de las instalaciones mareales identificadas en torno a esa localidad con posterioridad a la Edad Media. Y sin embargo, estrictamente el interior de la canal queda fuera del deslinde, que a partir de ese punto dobla hacia el Norte y luego al Noroeste, alejándose de la marisma, primero por La Llama (illa lama) y después por San Román (Sancti Romani), que creemos ha de corresponderse con el entorno de la ermita de esa advocación situada en la localidad de Baranda. Pero hay otro indicio de que el deslinde del monasterio de Santa Cruz no incurre en el interior de la marisma: la propia canal de Foiokos se adscribe más tarde a los cenobios de Santa Gadea y San Andrés, junto con otras dos situadas inmediatamente al Sur de ella, pues reconocemos en el actual Roniego el nombre de la que en el diploma se llama canal de Romeco. Al conjunto marismeño así formado se le atribuye un uso ganadero, sin alusión a molino alguno: “Y la canal de Roniego y la de mio Odo y la de Juecos, por todo el perímetro de su dehesa de Romacca, en toda integridad” (Et illa kanale de Romeco et de mio Odo et de Foiokos, per toto circuit u in sua defesa de Romacca, ab omni integritate).

Una tercera razón nos lleva a negar la correspondencia del molino Marini con un molino de marea y, por tanto, con el de La Cerroja, que por su situación y antigüedad ha suscitado la identificación entre ambos: el extremo de la c anal de Juecos (sommo de illa kanale de Foiokos) es el punto terminal, por el Este, de la cadena de hitos que citamos más arriba y que viene desde el oeste o el noroeste, tierra adentro. Dado que en esa relación el término del molino Marini antecede al de la canal de Foiokos, el ingenio ha de localizarse en aquella dirección oeste o noroeste, presumiblemente sobre el arroyo Pozeirún y por lo tanto apartado, desconocemos en qué medida, de la orilla o extremo (sommo) de la marisma. Señalemos, a este propósito, que en el entorno de Escalante y sobre ese mismo curso fluvial, se conoce la existencia de molinos de río (AZURMENDI y GÓMEZ, 2005, mapa en 124 y 290).

Que el deslinde avanzaba en la dirección que acabamos de apuntar lo confirma la localización del primer hito de la cadena en la que se recoge el molino, esto es, la Fuente Salvandi. Aunque no hemos podido ubicarla, sí es posible conocer su posición relativa. En primer lugar, porque de ella arranca, no sólo la delimitación de las pertenencias de Santa Cruz, sino también la de las de Santa Gadea y San Andrés. Estos dos monasterios se encontraban al sur del primero, según confirma la toponimia (Santa Gadea, en el valle del río Negro y San Andrés, en Ambrosero). Luego la fuente ha de situarse entremedias, al oeste de Escalante. En segundo lugar conocemos la posición relativa de Fuente Salvandi porque, según viene del Noreste, el conjunto del deslinde de Santa Cruz se cierra “por término del Sauceto hasta que concluye junto a fuente Salvandi” ( per termino
de illo Salceto usque concludit ad fonte Salvandi ). Dado que ese Salceto se corresponde con el lugar de Salcedo, al oeste de Escalante, la fuente ha de situarse en la misma dirección. Salcedo se halla a los pies de la elevación conocida como La Pica o Losorio. Como el topónimo de Santa Gadea, cuyo deslinde arranca de la misma fuente Salvandi, se halla aproximadamente a un kilómetro de Salcedo hacia el Sur, la fuente no puede hallarse muy lejos, diríamos que en algún lugar del perímetro de La Pica, constituyendo quizás el nacimiento del arroyo Pozeirún que desde allí se precipita hacia Escalante y Juecos, o del río Negro, que corre a desaguar , como el propio deslinde de Santa Gadea y San Andrés, en el mar (usque in mare), por la canal de Roniego.


4. CONCLUSIONES

Hemos examinado hipotéticas referencias a siete molinos de marea cántabros para la alta Edad Media. Del análisis documental y geográfico realizado concluimos que tan sólo dos de ellas se corresponden con auténticos molinos de marea, situado uno de ellos en San Juan de la Canal (Santa Cruz de Bezana) y adscrito en tiempos medievales a la iglesia de San Salvador de Vivero, y el otro en Noja, conocido como molino del Roidorio o de Garbijos. Ninguno de los dos existe en la actualidad. Es posible que a la altura del siglo XII existieran otros ingenios mareales, al menos en los alrededores de Liencres y Rubayo.

Los argumentos esgrimidos a lo largo de este trabajo nos llevan a descartar el resto de referencias, incluyendo la del “molino de Marino” (molino Marini) de Escalante, celebrado como uno de los ingenios mareales más antiguos de Europa y que, sin embargo, funcionaba con agua de río, alejado de la marisma. Si con él cae la fecha de 1047 como una de las más precoces para un artefacto mareal, a cambio tenemos que la de Noja, de 927, la precede en 120 años y la de San Salvador de Vivero en casi dos siglos, si de alguna manera pudiera confirmarse su mención en un diploma original del año 857 y no sólo en una copia interpolada del siglo XII.



5. BIBLIOGRAFÍA

ABAD BARRASUS, J. (1985). El monasterio de Santa María de Puerto (Santoña) 863-1210. Santander. Institución Cultural de Cantabria.
ABADÍA de Santillana del Mar. Colección diplomática (1983). Santillana del Mar. Taurus y Fundación
Santillana.
ÁLVAREZ LLOPIS, M. E. (1989). Molinos hidráulicos en Cantabria, siglos X al XIII. El fuero de Santander y su época. Actas del Congreso conmemorativo de su VIII centenario. Santander. Librería Estvdio. pp. 409-423.
ÁLVAREZ MAURÍN, Ma. P. (1994). Diplomática asturleonesa. Terminología toponímica. León.
Universidad de León.
AZURMENDI PÉREZ, L. y GÓMEZ CARBALLO, Ma Á. (2005). Molinos de mar en las marismas y rías del occidente de Cantabria. Molinos de mar y estuarios. Noja. Litoral Atlántico. pp. 124-149.
BAS, B. (1991). Muiños de marés e de vento en Galicia. A Coruña. Fundación Pedro Barrié de la Maza. ESCAGEDO SALMÓN, M. (1927). Colección diplomática de privilegios-escrituras y bulas en pergamino de la insigne y real iglesia colegial de Santillana. 2 tomos. Santoña. Imprenta Editorial del Dueso. FERNÁNDEZ CATÓN, J. M. (1999). Index verborum de la documentación medieval leonesa. II Monasterio de Sahagún (857-1300), tomo II (M-Z). León. Centro de Estudios e Investigación “San Isidoro”.
FERNÁNDEZ CONDE, F. J. (1971). El Libro de los Testamentos de la catedral de Oviedo. Roma. Iglesia
Nacional Española.
FLORIANO, A. C. (1949). Diplomática española del período astur, vol. I. Oviedo. Instituto de Estudios
Asturianos.
JUSUÉ, E. (1912). Libro de regla o cartulario de la antigua abadía de Santillana del Mar. Madrid: Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas.
MARTÍNEZ LORENZO, L. (1999). Deslizamientos semánticos de la palabra “aceña”. IIas Jornadas de
Molinología. Terrassa. Institut d’Estudis Ilerdencs. pp. 97-106.
McERLEAN, T. & CROTHERS, N. (2007). Harnessing the Tides. The Early Medieval Tide Mills at Nendrum Monastery, Strangford Lough. Belfast. The Stationery Office and Environment and Heritage Service.
PALACIO RAMOS, R. (2005): Cantabria: molinos de mar de la villa de Santoña. Molinos de mar y estuarios. Noja. Litoral Atlántico. pp. 154-165.
SÁNCHEZ BELDA, L. (1948). Cartulario de Santo Toribio de Liébana. Madrid. Patronato Nacional de

Archivos Históricos.
SPAIN, R. (2005). A possible Roman Tide Mill, paper No. 005 (64 págs). Maidstone. Kent Archaeological Society [consulta de 30 de agosto de 2007].
VALDÉS GALLEGO, J. A. (2000). El Liber Testamentorum Ovetensis. Estudio filológico y edición.
Oviedo. Real Instituto de estudios Asturianos.